domingo, 4 de julio de 2010

Cacerolazo

Durante esta década muchos escuchamos términos que consideramos nuevos pero que en realidad son viejos, acerca de hechos de gran importancia para la sociedad actual. Uno de ellos fue el que abrió esta nueva etapa y que sirvió como sinónimo de protesta, por lo menos para un sector específico de la sociedad argentina, el "cacerolazo". Nadie puede olvidar el grupo de gente que se unió bajo una cacerola (por lo general es bajo una bandera) para reclamar en un momento de pleno incendio interno. Sin embargo yo puedo decirles que esta manifestación no fue el verdadero cacerolazo ni mucho menos, y que el verdadero ocurrió a kilómetros de Buenos Aires y mucho tiempo antes, más precisamente a mediados de los noventa. Sí, en pleno apogeo del menemismo (me toco el huevo izquierdo).
Transcurría el año noventa y cinco y yo me encontraba de vacaciones en la casa de mi abuela materna en la provincia de Corrientes. Con un shortcito de mi querida academia, en cuero y con una botellita de Coca, sufría el verano mesopotámico como nunca. La siesta pronunciada y sofocante se hace más larga en esta estación y sobre todo en un pueblo como ese. Recuerdo que después de jugar a la pelota en la plaza me dirigía a la casa de mi abuela para darme un baño, porque no soportaba el calor infernal. Si cuarenta grados de temperatura es mucho, allá es poco y uno se acostumbra con el paso de los días, se adapta. Pero no quiero describir tanto el ambiente del pueblo en verano sino lo que me tocó presenciar luego. Resulta que antes de entrar a la casa por la puerta lateral veo que un perro sale gritando por el patio, pero no era un grito normal parecía como si le hubieran quemado los testículos con aceite de freir. Eso llamó mi atención (aunque un borracho jugando a la rayuela lo había hecho minutos antes) y entonces atiné a esconderme, quizás pensaba que saldría otro perro y enfurecido por algo que supuestamente estaba sucediendo, me atacaría, hasta imaginé la situación. Yo trepando una pared baja de ladrillos y el perro masticándome los talones con ojos negros y llenos de maldad como los de un tiburón hambriento. Pero eso no sucedió, lo que sí sucedió fue ver a mi abuela con una cacerola de un tamaño considerable corriendo, de manera tonta y lerda pero certera a un perro marrón que intentaba escapar. Entonces pasó, veo que la anciana agarra la sartén como Federer su raqueta y ZAZZZZ, lo acomoda en la cabeza haciéndolo rebotar contra el duro piso de cemento. Fue tan duro el impacto que el perro no emitió sonido alguno y quedó tirado, desvanecido en el suelo por unos cinco o seis segundos, en los que yo, amigos, creí haber visto de cerca a la muerte por primera vez en mi vida. Pero luego de siete segundos me di cuenta de que estaba muy equivocado, ya que el perro cobró vida de una manera increíble. Se paró, se lamió una de sus patas y se fue, con la cola entre las patas. Por eso digo que el verdadero cacerolazo, ocurrió ese día y lo que pasó en 2001 sólo fue una manifestación como otras en la cual utilizaron las cacerolas porque a esa hora estaban todos en sus cocinas.

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